miércoles, 23 de mayo de 2012

¡Lapoteosis, señores!


¡Lapoteosis! ¡Es lapoteosis!

Como las cometas  son los pensamientos, cuanta más cuerda le demos  mejor y si se nos termina la cuerda, mejor que mejor, que toito lo queremos controlar aunque sea con un hilo. Habrá cosa más bonita que ver una cometa volando libre por encima del mar, bañándose de sol, y olvidando tantas preocupaciones, tantas olas, tantas tirintintin. No podemos dejar de pensar y es que cada vez nos parecemos más al viento.

Se pasa  todo con una soltura que parece el cante de Frasquito Yerbagüena, por eso a la mínima que se presenta hay que pedir una docena de copas muy frías de manzanilla. Es conocido de todo el mundo, que si es buena, apenas roza nuestros labios, lo primero que nos cuenta son las historias del duende. ¡Ay, el duende! ese  es capaz de provocar lo que le dé la gana. Un rasgueo de la guitarra, un cante grande y a los oyentes se les ha volado el alma; o hace que se den un cabezazo contra la pared, porque no aguantas tanta magia. O como le ocurrió a otro. Era tal su entusiasmo que cogió un almohadón del sofá, se lo puso en la cabeza y recorría el salón fuera de sí,  pregonando :  
—¡ ajos frescos! ¡ajos frescos! ¡los mejores!

Efectivamente, son reacciones del duende que rozan el enigma de la Esfinge

Llegado a ese momento hay que sentarse en el poyete del castillo de Santa Catalina, piedra que da confianza. Encender un cigarro , soltar la mirada como una paloma blanca que se para en un tejado de tejas viejas donde aparece la mejor estampa.

Así es la vida. Mientras, la Macarrona, bailando, apasionada como ella sola, no deja de gritar:

—¡Lapoteosis! ¡Señores! ¡Esto es lapoteosis!

martes, 8 de mayo de 2012

Tostadas de ajo.


             Capítulo 1:  Las Tostadas de ajo. .- La muchacha Japonesa


Son cerca de las diez de la mañana y se para en el kiosco una muchacha japonesa, mira los periódicos, me mira a mí, mira las revistas, me vuelve a mirar  me sonríe y me veo en la obligación  de saludarla :
-         ¡ Buenos días, señorita!
-         ¡Buenos!, ¿ a que me puedo sentar?
-         Si claro, siéntese. Y recordemos aquel año del 452, cuando los Hunos invadieron Italia y se quedaron a las puertas de Roma.
-         No recuerdo, perdone.
-         No importa, no importa, pero no es bueno olvidar, porque si no el mundo se va empequeñeciendo, nosotros agigantándonos.
Como la cera es grande, suelo sacar una silla de enea. Al coger la sillas de enea siempre me acuerdo de Piturda, un buen hombre que en su taller hacía las mejores sillas de enea de todo Jaén. Y que un día lo dejó todo para cambiar de vida.
Dentro hay tres más,  y las dejo junto a la puerta; yo no la utilizo porque voy en silla de ruedas.
-         En Jaén mucho calor, me dice.
-         ¡ Vaya!, y cómo viene por aquí en pleno julio.
-         Yo vengo porque he leído libro de Eslava Galán y quiero conocer. Y vengo también a Baeza.
-         Ahhh! Pues entonces ha hecho usted muy bien. El olivo, Baeza, Machado.
Todo se queda en casa. Ya sabe usted que aquí tenemos setenta millones de olivos, con todas sus aceitunas y todo el zumo que dan: aceite de oliva virgen extra. Sólo nombrarlo es evocar la vida. Saborearlo es un privilegio y utilizarlo un arte. Pero fíjese bien en la etiqueta porque si le falta alguna palabra a la frase: aceite de oliva virgen extra, busque otra etiqueta. Hay botellas con unas letras grandes que ponen Aceite de Oliva, y no engañan porque ese aceite proviene de ese árbol mágico. Pero puedo ser de orujo de oliva, el que se extrae del hueso de la aceituna echándole químicas. O de un aceite que no olía bien, o su sabor no era bueno, o su acidez es muy alta…
Cuando compre asegúrese de que el envase tiene la frase completa: Aceite de Oliva Virgen Extra. Y si pone de Jaén, ya no dude de que es el mismo con el que se ungieron reyes y los bollos de los humildes; con el que se alumbraron las lamparillas de los mejores escritores del mundo.
Es un don único. Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos. Y encima el aceite virgen extra de la aceituna picual de Jaén aguanta envasada un año sin perder su buen  sabor ni su mejor olor. Aguanta hasta que llegue otra cosecha nueva que le dé el relevo. ¿ Qué le parece?
-         ¿Qué clase de olivo fue el primero de Atenea?
-         Hay más de trescientas variedades. No sé. Pero con  pan, aceite y aceitunas aliñás, qué quieres más.
-         Son otras palabras, lo mismo dice gran poeta japonés del siglo XVII, Basho. Escribía en uno de sus magníficos haiku: “si quieres aprender lo que es un árbol, id al árbol”. Y aquí estoy.
-         No puedo estar más de acuerdo con su paisano, por eso tiene que ir a Arroyo del Ojanco, en el paraje de Fuentebuena, allí hay uno con tronco viejo, brazos grandes, copa circular. Es como una gallina gigante de grandes alas capaz de dar cobijo a un pueblo entero.
Total que nos reíamos , hicimos las presentaciones:
-         Me llamo Pepe, para lo que usted mande.
-         Yo me llamo Sonya.
-         No será usted de la familia de los de Sony.
No me contestó explícitamente, limitándose a sonreír. Yo aquello lo interpreté como un si, pero que no quería presumir. O sea que si . Es lo que dice Bernardo: al que tiene no le hace falta.
Yo hablaba y hablaba. Que si era aficionado al estudio de  la historia local, que si me interesaban las leyendas, los personajes, los lugares, el cielo. En fin lo que se dice un fabricante de pequeñas explicaciones.
-         Y vd. qué.
-         Busco la felicidad.
-         No está mal, pero eso no da mucho dinero (le dije a ver si me aclaraba lo de Sony).
-         No, el dinero lo da la Universidad, soy profesora de matemáticas.
-         ¿de matemáticas?
-         Siii, ¿le gustan las matemáticas?
-         ¡Hombre que si me gustan! (qué iba a decir)
-         Le invito a mi curso que doy en Baeza, en  universidad internacional de Andalucía.
-         No será de ecuaciones y cosas de esas.
-         No, es del increíble número áureo, primera parte. La segunda, sobre las únicas diecisiete formas posibles en que cristalizan los minerales. Es como si al mirar por un caleidoscopio y agitarlo, aparecieran las únicas diecisiete formas posibles. Son formas geométricas que sólo con rayos X se han podido ver y contar. Sin embargo, ya aparecen las diecisiete, en mosaicos de la Alhambra, en sus frisos, zócalos, cenefas.
Y como nos alargábamos:
-         Aquí en sombra corre brisa de aire, se está bien.
-         ¿verdad?, pero ¿habrá que echar un cafelito?, le dije.
-         Habrá que echarlo, si, si.
Como la clientela es casi fija y de confianza, pongo el cartel de que estoy en el bar y la gente me localiza con la mirada mientras me hace el gesto de que me deja el dinero y se llevan el periódico.
La suerte es que el bar de al lado, es lindero a mi localillo, y saca también mesas y sillas.
Ella se levantó y fue retirando las sillas que me estorbaban para llegar con la silla de ruedas  a la mesa que  había elegido, la más cercana a uno de los dos grandes olmos que daban su sombra.
-         ¿qué van a tomar los señores, preguntó D (así llamaban a este muchacho) ?
Al ver a D me acuerdo de la primera conversación que tuvo con Bernardo. El camarero llevaba pocos días contratado y Bernardo fue a tomarse un café. D se dirigió a él sugiriéndole que debía tomar un carajillo y con prisas le preguntó que si se lo ponía. Bernardo, con el temple que sólo da una vida dedicada al campo, apoyado en la barra, se le quedó mirando y le preguntó:
-         Tú, como te llamas.
-         D.
Y mirándolo a los ojos le dijo:
-         Tienes nombre de cabrero.
-         ¿por qué va a ser nombre de cabrero, hombre?
-         Pues porque los cabreros que yo conozco se llaman así.
Y cambiando de postura le dijo que le pusiera un café sólo.
Desde entonces D se ha vuelto más discreto con Bernardo.
A lo que íbamos.
-         ¿Qué van a  tomar los señores?
-         D, para mí lo de siempre.
-         Para mi también.
Al poco, apareció con dos platos de tostadas en su punto, dos cafelitos olorosos de tueste natural , una aceitera con uno de los mejores aceites virgen extra y un platillo blanco con dos ajos frescos ya pelados de las Pedroñeras y un salero.
-         Esto es un clásico en materia de desayunos, ¿sabe?, pero nadie es grande a los ojos de su mayordomo, ni siquiera estas tostadas, este aceite, estos ajos. Nos hemos acostumbrado. Eso sí, por mucha grandeza, hay que ser sobrio, como dice Bernardo en la barra del bar cuando alguien le insiste en tripitir las patatas con ali-oli: sale barata el hambre, caro el empacho.
Cojo uno de los ajos y lo restriego a las tostadas. Le echo el aceite quedando el pan con una pátina color oro viejo; un poco de sal y el aroma es indisimulable, sabor único. Ella hace lo mismo.
Mientras desayunábamos, me explicó su interés en visitar   Jaén y si yo, podría acompañarla. Le dije que me encantaría, pero que mañana, a las diez y media de la mañana estaría en Sevilla.
Con la primera media tostada ya terminada, el ajo creó una atmósfera única, de confianza en el género humano, ecológica, de pueblo, atemporal, cosa fina.  Le recomendé la visita a la Catedral, el barrio de la Magdalena, los baños árabes.
Cerquita está el famoso manantial de agua, donde encontró refugio el lagarto de la Magdalena.
Escalar la calle de la Santísima Trinidad lindera con las faldas del Castillo; acercarse a la Iglesia de San Juan escuchando su campana. Dicen que con un solo toque que se escuche quedará grabado en el alma y le acompañará siempre, pudiendo escucharlo en cualquier lugar y en cualquier momento. Luego descansar en la plaza Rosales aquí estuvo la prisión, donde se cantaron las saetas más sentidas de la Semana Santa al paso de otro Preso cargado con cruz camino de cumplir su sentencia.
Luego pase por el Arco de San Lorenzo, recordando …
-         ¡Perdone! Necesitaría ampliación, una aclaración, una tesis.
-         No me hable de tesis, que la mía la tengo sin terminar.
-         Lo siento.
-         No, perdone usted, Sonya. Creo que el ajo estimula la locuacidad, además me ha hecho tan feliz viéndola comer las tostadas sin importarle el aliento y poder hablar con la libertad que sólo dan los productos naturales. Concretando vaya a la Catedral quedará muy contenta y si luego a comer al Parador Nacional , quedará muy satisfecha.
Alcé la mano y le dije a D que me lo apuntara. En el corto trayecto de regreso al kiosco me decía que hablaba muy deprisa y no entendía:
-           Interrúmpame, mujer, interrúmpame. De todas formas lo entenderá  cuando lo vaya viendo. No se preocupe.
Sonya se ve que es una mujer acostumbrada a pedir lo que necesita, de una forma natural,  no deja pasar las ocasiones. Y con la mayor naturalidad me dijo:
-           Es que quisiera ver y oír esos lugares con usted.
Lo dijo con una voz tan… vamos yo no había oído cosa igual, suave, apenas audible y con un gesto y una mirada escondida entre sus gestos. Que hice como que no la había oído, única solución para no responderle que estaría encantado.
En ese momento me suena el móvil. Es un mensaje de Renfe, de atención a los discapacitados, me confirman que mañana habrá una persona en la estación de Jaén para ayudarme a subir al tren y en la de Sevilla para bajar.
-         Sonya, ¡Es la accesibilidad que ha llegado!.
-         ¿viaja sólo?
-         ¡Si! , ¿y usted?
-         ¡Si!
-         Que casualidad. Todos los años me voy solo a Sevilla, unos días de vacaciones. Me ayuda mucho.
-         Yo también.
-         Pues nada, mujer. Espero que le guste tanto Jaén que no deje de venir, ya sabe dónde me puede encontrar.
Se inclinó un poco, a mí me hizo ilusión devolverle el saludo con una profunda inclinación de cabeza, cuerpo y extremidades. Así nos despedimos en la puerta del kiosco. Su cara era de esperanza y la mía de extrañeza. Nos acabábamos de conocer, compartimos un desayuno, unos ajos, una conversación y parecía que nos conocíamos de siempre. Ahora al separarnos, dolía.

lunes, 30 de abril de 2012

¿POR QUÉ ESCRIBO?


¿POR QUÉ ESCRIBO?

            Un folio en blanco, un bolígrafo en la mano. Y… ¿Ahora qué? Una situación agradable, dolorosa o desesperante, depende del día.

¿Por qué lo hago? Nunca lo he pensado, cómo tampoco me planteo por qué a veces sonrío sin motivo o me inundo de tristeza sin un por qué. Sé que fluyen los pensamientos, se agolpan en mi cabeza, se empujan, van muy deprisa. No pienso, sólo presto mi mano a todo aquello que dentro de mi lucha por salir atropelladamente.

            ¿Por qué escribo? Porque mi dolor se diluye entre las líneas del papel, mi alegría se afianza con los trazos, el olvidado toma forma, los detalles insignificantes se hacen grandes. Porque la fuerza de la palabra escrita es superior a cuando hablamos. Porque mi mirada sobre el mundo es distinta y quiero que los demás la descubran.

            Escribo porque lo necesito. Dentro de mí, algo que no se describir, me empuja a hacerlo. Y si no lo escucho, comienza a girar un carrusel dentro de mi cabeza y su música es cada vez más fuerte. Danza el hombre que está sentado sólo en la parada del autobús y no coge ninguno; los niños que cantan y hablan sin necesitar que alguien los escuche; la tristeza que me ha compartido un amigo, las flores que piso sin ver, las hojas que me acarician cuando se desprenden despacio del árbol que les dio la vida, la dureza en la mirada del que pasa junto a mí en el paso de peatones, los silencios de los mayores, mis anhelos, mis fracasos.

            Todos bailan frenéticamente, sin control. La música cada vez más fuerte, más fuerte… ¡quiero detenerla! Sólo lo consigo cuando mi mano coge el bolígrafo y mis ojos miran el papel. Y comienzan a aparecer sílabas, luego palabras, frases que yo no he decidido escribir. Al terminar lo leo todo y descubro al desconocido. Alguien del carrusel, él que tenía más fuerza, ha conseguido salir. Los demás callan, descansan y esperan una nueva oportunidad.

            Escribo para contar todo lo que no me atrevo a decir de palabra a los que están cerca o lejos de mí. Para que los trazos que se deslizan en el papel a través de mi mano, me ayuden a comprenderme un poco mejor, a entender el mundo por el que discurre mi vida. A inventar historias que tengan corazón y sentimientos.

Creo que escribo para ser un poco más feliz.



                           Alicia Hortelano.


martes, 24 de abril de 2012

Y Orfeo cantó flamenco


Y Orfeo cantó flamenco

Preámbulo
        
         Después de esforzarme en escribir un párrafo se lo doy a leer a  un amigo, que desde que fuimos monaguillos, nuestra amistad parecía tener un basamento espiritual que la bendecía.
Los dos fuimos juntos al colegio, al instituto y luego a la universidad, nos Licenciamos en Derecho. Nos presentamos a las oposiciones y él aprobó. Trabaja en el negociado de las multas de tráfico. Sus razonamientos son tan escuetos y simples, que también los suele aplicar a los temas del día a día, lo mismo que si estuviera respondiendo a un pliego de descargo; a grandes rasgos suelen ser una cosa así: “Usted ha reconocido los hechos denunciados al no rebatirlos; sus alegaciones no lo eximen de haber infringido la ley; por consiguiente, desestimamos todas sus peticiones”, o lo que es lo mismo tiene que apoquinar el doble de lo que en su día pudo pagar de no haber interpuesto su escrito haciendo consideraciones que en derecho son impertinentes.

 Además es un estudioso, un crítico, un clásico, uno que sale por casi tres mil euros mensuales. Innatamente distingue el trigo de la paja, lo que vale de lo que no, el oro de la plata. ¡Si señor! Tiene el porte que da seguridad a cualquiera. Mirada tranquila y penetrante, casi de fiscal de sala, corbata que no se la quita ni para descansar, y su hablar es reposado.

Y si con todo eso ya cualquiera sería casi feliz, hizo un taller de creación literaria. Y en sus escritos aparece en tono exacto, la trama que te guía, las técnicas de escribir en primera persona, en tercera o  aparece el narrador omnisciente que todo lo sabe.

Yo había estado trabajando en varias empresas como abogado y ahora me estaba planteando cambiar la seguridad de una nómina por la posibilidad de la ruina propia de los emprendedores que no tienen suerte.
Aunque ese cambio de vida, tenía que consultarlo  con el médico. Me está tratando un problema de acumulación de información por culpa de internet.

Y tiene que ser, porque antes con la lectura no me pasaba eso, y ahora  no consigo procesar adecuadamente tanta información. Y luego la suelto venga o no venga a cuento.

Si viene a cuento, entonces cojo el hilo y no lo suelto, y voy como Tarzán de liana en liana cruzando toda la selva, aunque den las tantas, siendo el más feliz de los mortales, disfrutando de todo, del paisaje y sus fragancias. Siento así el aire tan limpio que se me saltan las lágrimas mientras mi melena es la bandera de perdedores,  pero felices.

 Hay un algo en los perdedores, sus inseguridades, sus teorías, su estilo, sus miradas a la lejanía como si esperaran alguna señal, que es cautivador.
Yo suelto una cosa que no viene a cuento y me quedo tan pancho. Sigo colocando una serie de datos del todo irrelevantes, pero que no puedo remediar el citarlos. En fin, en cuanto deje internet, poco a poco toda fluirá adecuadamente.

Vamos a lo que vamos. Estaba diciendo que había visto un pequeño local y me había gustado para instalar mi  bufete de abogado matrimonialista, se lo comenté a mi amigo y después de ver la situación del localillo, me dijo:

-     Pepe, este sitio es clave para montar una Librería, un Kiosco que venda no sólo libros, sino prensa, revistas, postales, guías turísticas, chuches para los niños… Librería y  Quiosco… ¡Que cobarde he sido!.
-     Y el bufete, qué. No puedo esperar a que el octavo coro de  los ángeles  apocalípticos hagan sonar sus trompetas llamando a la Resurrección de los muertos.
-     Amigo mío, como bufete significa mesa grande, y ahí no cabe,  tendrás que conformarte con el rótulo de: Librería el Kiosco y abogados.
Cambió el tono de su voz, poniendo el que se utiliza cuando vamos a sincerarnos contando algo íntimo y me dijo:
-     Oye, Pepe, nunca te lo había comentado pero mi ilusión  era, era montar un pequeño emporio: librería, kiosco, abogacía; todo encaja. Lo de funcionario fue secundario; es más si ahora tuviera un par de jones para dejar la Administración,  montaría aquí el kiosoco (cuando se ponía nervioso recortaba las palabras, las decía mal y subía la voz mientras te miraba a los ojos fijamente), es lo que me hubiera gustado hacer. Si quieres te cedo todos mis sueños de tantos años totalmente planificados.
-     Hombre, yo preferiría que me cedieras el currele de los tres mil euros; la seguridad, la estabilidad laboral, el horario de ocho a tres….
Pero él parecía no escucharme y seguía entusiasmado:
-     tienes por debajo una bar y enfrente una pescadería; plazoleta arbolada, amplia acera...,  el quiosco te asegura unos ingresos y si te animas puedes llevar los casos que te interese. Así pues, utilizando el derecho que a mi parte corresponde no he podido silenciarte mis pensamientos.
Esta vida no hay quien la entienda. Yo que suspiro por su posición y él que suspira por perderla. Esto es para tocar el pasodoble de Amparito Roca.
Y como lo conozco, aposté por su ilusión. Me lo pensé y monté el quiosco. Oiga, las ventas fueron muy bien desde el principio. Además cuando se cundió en el bar que era abogado, las visitas a por la prensa se alternaban con otras conversaciones que solían terminar con un “bueno abogado, me llevo mi prensa a ver que nos cuentan”, o después de ojear las portadas, otro me decía teníamos que denunciar hasta el lucero del alba…

Así fuimos cogiendo confianza; de la confianza a la consulta jurídica, y de la consulta jurídica a la amistad.

Tomo nota en mi libreta azul de anillas:  nombre , asunto y  fecha en que se me hace la consulta y cuando termino de escribir me preguntan:
-     Abogado, esto no será muy caro, ¿no?
-     Hombre, no creo que pase de una ración de chopitos y otra de calamares nacionales a la plancha. Qué menos, después que la Sibila Eritrea, símbolo de la dedicación al estudio, me acompañe en acertar. 
-     Bueno, bueno. Si es así, vamos a por todas.

En asuntos de menor cuantía he renunciado al dinero cash en favor de la remuneración en especie en el bar de al lado. Que han empezado a llamarlo la Audiencia. En función de la hora del día, allí no falta un café arábigo recién molido, tostadas de aceite de oliva virgen extra denominación de origen de la Sierra de Cazorla.

Raciones de jamón ibérico de bellota;  boquerones en vinagre acompañados de aceitunas verdes de mesa sevillanas, bajas en sal. Flamenquines caseros, solomillo al Jerez. En fin, lo que podíamos llamar un buen sitio.

   Después de aplicarme al estudio de la normativa y la jurisprudencia, cuando vienen a por la prensa  les entrego una papeleta con el día y la hora de nuestra reunión en la Audiencia. El mesonero está encantado con las consumiciones. Mientras vamos dando cuenta de la carta de raciones y medias raciones, voy respondiendo  como si los mismos  Ulpiano, Modestino y Gayo lo hicieran .

Suelen ser dudas, consejos respecto a las decisiones, quejas, desahogos, que todos en algún momento solemos necesitar, incluido los recursos a las multas de tráfico, que se está convirtiendo en mi especialidad, junto a las problemáticas asambleas de las comunidades de vecinos.

En invierno nos sentamos alrededor de una mesa camilla, con su brasero y vemos llover. También tengo un canario que canta lo que le echen y me hace mucha compañía.

En mi trabajo no hay prisas, leo los periódicos, las revistas, los coleccionables, las promociones. Estoy al día en la opinión publicada.
Pero, siempre hay un pero,  en la mencionada mesa camilla  dejé unos albaranes que por detrás, por aprovecharlos,  me dio por escribir un párrafo. Me hacía ilusión, cosa que antes siempre era justo lo contrario, tengo aversión a imprimir palabras desde que en clase de derecho procesal, el profesor nos advirtió con un pensamiento del Cardenal Richelieu que venía a decir:
“dadme unas cuantas palabras escritas de puño y letra de cualquier persona y de su interpretación dependerá que termine ajusticiado”.
No es de extrañar que muchos al final de sus días dejen instrucciones clarísimas de que se quemen todos sus escritos.
Tate. Desde entonces he seguido fiel a no escribir. Y  fuera de los exámenes, instancias, formularios y firmas y rúbricas, nunca he ido a más.
Sigamos. Le di los párrafos a mi amigo. Y me dijo:
-     Pepe, con todo lo bueno que hay escrito a nivel planetario, te pones ahora tú a escribir un párrafo …Tú, también, Pepe. El que tiene tienda que la atienda. Y tú tienes el kiosco-bufete al que atender.
-     Hombre… yo.
-     Nada, no se hable más. Has reconocido los hechos, tus explicaciones no desvirtúan el argumento, y mejor es que sigas   leyendo lo que alcanza el nivel de excelencia. En una vida dedicada íntegramente a la lectura no nos daría  tiempo a conocerlo y menos meditarlo; así que no lo pierdas en juntar palabras, porque a nadie le interesaría.  Hazme caso, Pepe, ya sabes que suelo acertar, tu actividad empresarial lo ratifica. Además sabes que te aprecio. Ya somos cuarentones y eso es como el queso.
Le iba a dar la razón, como siempre, cuando de repenete no lo dejé terminar. Y respondí  pausadamente, como deletreando:
-     Los árboles aparecen en nuestro planeta hace  200 millones de años, y casi nadie conoce sus nombres. Nos cruzamos con ellos durante décadas en  nuestros trayectos de cada día y no somos capaces de saber si son olmos, plátanos de sombra, melias, jacarandas, laureles de indias.
-     Y qué tiene eso que ver con la escritura.
-     Absolutamente nada. Pero escribir, debería ser un derecho fundamental  amparado por los Derechos del Hombre y del Ciudadano.  Todo hombre tiene derecho a escribir lo que piensa, siente o le interese; sobre el tema que  quiera, aunque nadie jamás lo leyera, por ser casi imposible que lo publiquen tal y como está el patio. En cuanto al estilo, cada uno tendrá el suyo. Y además se reconoce el escribir  mal, bien, regular; como todo el mundo.
-     Hablar y hablar; no se te ha dado mal. Escribir es otra cosa, Pepe, es pensar, recrearse en la suerte, se necesita constancia, y eso a ti no te sobra. Ya viste en las oposiciones.
-     Tienes razón, Constancio, hoy mismo no me acuesto hasta que haya escrito una palabra . Y mañana igual y el otro. Me acordaré de los ciento cuarenta y nueve millones de kilómetros que separan  la Tierra del Sol, para saber que yo tengo más cercano mi objetivo.
-     Pepe que nos conocemos como los higos monigales, ¿ estás seguro?.
-     Hombre, seguro, lo que se dice seguro, no te lo puedo asegurar.
-     Vale. Hoy es 22 de julio. Si en un año me traes un escrito de 365 palabras te ayudaré.
-     Gracias. Cantaré como Virgilio a los pastores, al campo, a las batallas de los héroes. A lo que haga falta.
-     No las merece. Bueno, mejor dicho, sí las merece.
Desde entonces nuestra relación, ha obviado, tácitamente el tema. Seguimos hablando cuando viene a por la prensa de las portadas de los periódicos, de política , de lo rápido que está pasando la vida, de la salud, del kiosco; del dineral que hay que poner todos los meses para pagar la comunidad de vecinos, porque somos vecinos de una comunidad que tiene una cuota que más parece un alquiler. Cuando viene por las tardes a tomarse el cafelito al bar de al lado y a un rato de tertulia en la puerta del kiosco, nunca me pregunta nada sobre cómo llevo lo de escribir.

Tengo un compromiso; escribir esa palabra diaria,   aunque sea justo antes de acostarme. Dejaré una palabra nueva al texto y si se tercia un par de ellas… pero el objetivo es una.
¿Quién no es capaz de escribir una palabra al día sin terminar ajusticiado por el Richelieu de turno?
-     Yo
Sin ir más lejos me he tirado años sin hacerlo y él lo sabe, increíble, ni una palabra al día. Pero la vida cambia, es una ventaja para los que les va mal. Somos intempestivos.

Me hubiera conformado con escribir sólo eso, unos humildes párrafos aprovechando unos albaranes sueltos. Unos párrafos porque en ellos ya estaba lo esencial de lo que quería dejar escrito.

 Pero si las pistolas las carga el diablo. A las palabras, las ojeadas, comentarios, palabras destempladas sucede otro tanto. Hay que aprender cada día a saber responder, a saber gesticular y si no, callar; porque como dice Juan, el pescadero de enfrente, el que no sabe ni entienda que calle y aprenda.
Ya en la cama, justo antes de pillar el sueño, sigo con mis pensamientos. Me podía haber dicho que hacía dos millones de años que el homo sapiens andaba erguido, y sabía buscarse las habichuelas, y respiraba libertad, y era feliz sin saber leer ni escribir.

O que escribir suele ser aburrido, todo el mundo lo sabe y por eso la inmensa mayoría del mundo no escribe, requiere un esfuerzo muchas veces inmerecido.

 Las palabras son tercas como mulas y se paran; Bernardo, un hombre que se ha tirado toda la vida trabajando en el campo, ahora jubilado, se acerca a por el periódico y a tomarse unos chatillos en la Audiencia. Allí le escuché que cuando estaba arando se ponía a cantar y las yuntas de mulas se paraban a escucharlo y hasta que no terminaba su cante, por Manolo Caracol,  no se movían. Que arte más grande.

Me podía haber citado a Sófocles para recordarme que no hay nada en el mundo tan misterioso como el hombre. Y que el que yo escribiera ratificaba ese misterio.
¡El hombre! Esa es la clave, me podía haber animado y  decirme:
-     ¡Hombre, Pepe, acabas de atravesar la mitad del desierto, porque un hombre que escribe, un hombre que escribe, Pepe, sólo le queda perseverar en su travesía hasta llegar a no se sabe dónde!.

Pero le salió del alma lo de la oposiciones, la poca constancia ; lleva razón, la lleva; pero como él mismo dice: “al amigo, el favor; al que no, el reglamento”.

El día  a día necesita una palabra, un esfuerzo, un trabajo, una intención, una lucha, una constancia, una batalla, un avanzar, un retroceder, un volver a intentarlo...

 Ah! Mis contradicciones son culpables de querer yo quiera ser escritor y no escribir; buscar una ilusión y no esforzarse. Ir a más y no arriesgar, a por todas y no querer perderlo todo, así es.

Esas mismas contradicciones tienen la culpa de tantos miedos que son un estorbo para crecer  en todos los campos de la vida y que suelen desaparecer con un “labore et constantia”. Con una decisión. Con una palabra escrita cada 24 horas. En esas estamos… Ya parece que estoy cogiendo el sueño. Seguiremos en otro momento nuestros escritos compartidos. Saludos.